7 historias que no verás en la exposición de Luisa de la Vega (pero que también forman parte de ella)

Cómo se construye una exposición:
secretos, hallazgos y decisiones

Cuando visitamos una exposición solemos fijarnos en las piezas, los textos o la escenografía. Sin embargo, detrás de cada proyecto existe una historia paralela formada por investigaciones inesperadas, decisiones de diseño, descubrimientos documentales y pequeños detalles que rara vez llegan al público.

1. La curiosidad me llevó hasta París

Aunque mi papel en el proyecto era el diseño expositivo y editorial, la historia de Luisa de la Vega me despertó una enorme curiosidad. Cuanto más leía sobre ella, más preguntas surgían. ¿Dónde había nacido exactamente? ¿Cómo había sido su vida antes de llegar a Santander? ¿Qué datos personales podían ayudarnos a comprender mejor su trayectoria?

Movida por esa inquietud, comencé a investigar por mi cuenta en archivos y bases de datos genealógicas. Fue así como llegué a Geneanet, donde localicé documentación relacionada con su familia y encontré registros de nacimiento y matrimonio que ayudaban a completar algunos aspectos de su biografía.

No formaban parte del encargo inicial, pero este tipo de hallazgos recuerdan algo que me fascina de los proyectos culturales: a veces el diseño también implica investigar, seguir pistas y dejarse sorprender por la historia.
Y no puedo evitarlo: mi naturaleza curiosa y mi implicación personal en los proyectos me traen regalos como este.

2. Una carta que lo explica casi todo

Entre los muchos documentos que revisé durante el desarrollo de la exposición, hubo uno que me llamó la atención de forma especial. Se trata de una carta escrita por Luisa durante su etapa en la Fundación Sierra Pambley, en la que solicita sustituir las lecciones de costura por clases de dibujo.

A primera vista puede parecer una petición menor, pero leída en su contexto resulta enormemente reveladora. En una época en la que la educación de las niñas estaba orientada principalmente a las labores domésticas, la propuesta supone una reivindicación de otros conocimientos y otras capacidades. No se trata únicamente de enseñar a dibujar, sino de defender una forma diferente de aprender, observar y comprender el mundo.

Cuando encontré este texto tuve claro que debía ocupar un lugar destacado tanto en la exposición como en el catálogo. Más allá de los datos biográficos o los logros profesionales, este extracto de la carta permite escuchar directamente la voz de Luisa y entender mejor su personalidad y las convicciones que guiaron su trayectoria.
Hay documentos que informan y otros que explican una vida. Para mí, este pertenece claramente a la segunda categoría.

Además, desde el punto de vista narrativo, este hallazgo conecta muy bien con uno de los ejes de la exposición: mostrar que la historia de Luisa no se construye únicamente desde la ilustración científica o la investigación, sino también desde su compromiso con la educación y con la ampliación de oportunidades para otras mujeres.

3. Cuando el contexto se vuelve imprescindible

Durante el desarrollo de la exposición hubo una cuestión que me preocupó especialmente. Gran parte de las ilustraciones y documentos expuestos pertenecen a una época en la que la fotografía científica todavía no tenía el papel que desempeña hoy. Sin embargo, para muchas personas esta realidad no es evidente.

Mientras trabajaba en el diseño editorial, pensé que gran parte del público podría preguntarse por qué aquellos dibujos eran tan importantes o qué función cumplían dentro de la investigación científica. Fue entonces cuando propuse incorporar un contenido específico que ayudara a contextualizar la documentación científica de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

La idea fue muy bien acogida por el Centro Oceanográfico de Santander (IEO-CSIC) y el Museo Marítimo del Cantábrico, y finalmente se desarrolló un artículo que explica cómo se observaba, registraba y comunicaba el conocimiento científico antes de la generalización de la fotografía moderna.

Es un detalle que puede pasar desapercibido durante la lectura del catálogo, pero para mí resulta fundamental. En ocasiones, las piezas que apoyas una exposición no solo deben mostrar documentos; también debe proporcionar las herramientas necesarias para interpretarlos. Cuando el visitante comprende el contexto, comprende mejor la globalidad del proyecto y le aporta sentido y valor a aquello que está descubriendo.

De hecho, esta anécdota habla bastante de mi forma de trabajar: no limitarme a diseñar lo que me entregan, sino detectar posibles barreras de comprensión y proponer soluciones que mejoren la experiencia del visitante y refuercen el discurso.

4. Convertir un pasillo en el inicio de la historia

Hay espacios en las exposiciones que suelen asumirse como lugares de tránsito. El pasillo de acceso a la sala principal era uno de ellos.

Desde el principio tuve claro que no quería utilizarlo simplemente para colocar una cronología convencional compuesta por fechas y acontecimientos. La vida de Luisa de la Vega era demasiado compleja, rica y cambiante para resumirla en una sucesión de datos ordenados.

Por eso diseñé una línea de tiempo sinuosa que acompañara físicamente el recorrido del visitante hacia la exposición. A través de cambios de dirección, ritmos visuales, recursos gráficos y pequeños detalles integrados en el diseño, la cronología buscaba transmitir algo más que información: pretendía sugerir la naturaleza cambiante de una vida marcada por los desplazamientos, los cambios de contexto, las pérdidas, los nuevos comienzos y la capacidad de adaptación.

Lo que más me gusta de esta solución es que comunica sin necesidad de explicarse. Antes incluso de entrar en la sala principal, el visitante ya recibe una primera impresión de quién fue Luisa. No porque haya leído toda su biografía, sino porque el propio diseño le anticipa, de forma sutil, que está ante una trayectoria lejos de ser lineal. Así, el pasillo deja de ser un simple lugar de paso para convertirse en la primera pieza narrativa de la exposición.

5. Un estudio en mitad de la exposición

Uno de los retos más interesantes del proyecto fue acercar al visitante al entorno cotidiano en el que Luisa desarrolló parte de su trabajo. Más allá de mostrar sus ilustraciones, me interesaba generar una conexión más humana con su figura y crear un espacio que ayudara a imaginarla trabajando.

Para ello propuse incorporar un tabique central que cumpliera una doble función. Por una parte, recrear su estudio de trabajo; por otra, servir como soporte para vitrinas expositivas. Esta solución permitía organizar mejor el recorrido central de la expo y aprovechar el espacio de forma más eficiente, pero también aportaba una capa narrativa adicional a la exposición.

La reconstrucción del estudio partió de una fotografía histórica en la que aparece Luisa. Analizando cuidadosamente la imagen, pude identificar algunos detalles del espacio, entre ellos el papel pintado que decoraba las paredes, que te explico con detalle en el siguiente punto.

Además, las vitrinas colocadas en la zona posterior del tabique permiten la rotación periódica de documentos originales por motivos de conservación. Esto significa que algunos de los materiales expuestos cambiarán durante la vida de la muestra, ofreciendo nuevas piezas a quienes decidan volver a visitarla.

6. Siguiendo el rastro de un papel pintado

La reconstrucción del estudio partió de una fotografía en la que aparece Luisa. Analizando la imagen, pude estudiar los detalles del espacio, entre ellos el papel pintado floral que decoraba las paredes.

A partir de esa referencia trabajé el diseño de un tabique real que ayuda a evocar el ambiente original en la recreación escenográfica del estudio de Luisa en la exposición.

Me interesaba especialmente que el espacio no pareciera un decorado, sino una evocación respetuosa construida a partir de las evidencias disponibles. En ocasiones, un pequeño detalle encontrado en una fotografía puede ser la clave para que la reconstrucción física del espacio sea coherente y realista.

7. La luz también cuenta historias

Otra curiosidad tiene que ver con algo que muchos visitantes probablemente no perciben durante la visita: la iluminación. Y en este punto me tengo que incluir, puesto que es algo que he aprendido del equipo de conservación del Museo Marítimo de Cantábrico.

Una parte de las obras expuestas son documentos e ilustraciones originales con más de un siglo de antigüedad. Para garantizar su conservación, las vitrinas deben cumplir estrictos criterios museográficos y de preservación. Entre ellos, uno especialmente importante: la cantidad de luz que reciben las piezas.

En materiales especialmente sensibles, como papel, dibujos o documentos históricos, la iluminación no puede superar determinados niveles. En esta exposición se trabaja con un máximo aproximado de 50 lux en vitrinas, una intensidad cuidadosamente calculada para permitir la observación sin comprometer la conservación de las obras.

Si algo he aprendido durante este proyecto es que una exposición nunca está formada únicamente por las piezas que contiene. También la construyen las preguntas que aparecen durante la investigación, los documentos que surgen donde menos los esperas, las decisiones que ayudan a comprender mejor una historia y todos esos detalles que el visitante quizá no perciba conscientemente, pero que influyen en su experiencia.

Diseñar la exposición Luisa de la Vega. El arte de ilustrar la ciencia me permitió acercarme a una trayectoria extraordinaria, pero también recordar algo que me fascina de los proyectos culturales: detrás de cada objeto, cada dibujo y cada documento siempre hay muchas más historias esperando ser descubiertas.

Y quizá esa sea la mejor definición de una buena exposición: aquella que consigue despertar la curiosidad suficiente como para que la investigación continúe incluso después de salir de la sala.

 
 

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